En la calzada

El sol reposa sobre las copas de los castaños.
sopla apenas el viento,
mueven las hojas los dedos, canturrean,
y alguien, aire que no se ve, baila un baile antiguo.
Camino bajo las luces enlazadas y ramas que se abrazan,
calzada submarina de luz verde,
impalpable y de carne al mismo tiempo:
¡verdor que acaba en oro,
luz que acaba en sabor, luz que se toca,
aire vibrante, humano, hecho de alas,
hueco que deja un cuerpo hermoso que se fuga!

Esta calzada desemboca al paraíso de los verdes,
al reino que prometen los invernaderos:
eterna la hoja verde,
el agua siempre niña,
la tierra madre siempre virgen,
la luz esbelta siempre entre troncos sempiternos,
el viento siempre, siempre libre, siempre labios, siempre viento.

Entre la luz filtrada en hojas,
peces sonámbulos y ensimismados,
pasan hombres, mujeres, niños, bicicletas.
Todos caminan, nadie se detiene.
Cada uno a sus asuntos,
al cine, a la misa, a la oficina, a la muerte,
a perderse en otros brazos,
a recobrarse en otros ojos,
a recordar que son seres vivientes o a olvidarlo.
Nadie quiere llegar al fin,
allá donde la flor es fruto, el fruto labios.

Quisiera detenerlos,
detener a una joven,
cogerla por la oreja y plantarla entre un castaño y otro;
regarla con una lluvia de verano;
verla ahondar en raíces como manos que enlazan en la noche otras manos;
crecer y echar hojas y alzar entre sus ramas una copa que canta:
brazos que sostienen un niño, un tesoro, una jarra de agua, la canasta del pan que da la vida eterna;
florecer en esas flores blancas que tienen pintadas florecitas rojas en las alas,
flores como la nieve,
flores blancas que caen de los castaños como sonrisas o como serpentinas;
rozar su piel de musgo, su piel de savia y luz, más suave que el torso de sal de la estatua en la playa;
hablar con ella un lenguaje de árbol distante,
callar con ella un silencio de árbol de enfrente;
envolverla con brazos impalpables como el aire que pasa,
rodearla, no como el mar rodea a una isla sino como la sepulta;
reposar en su copa como la nube ancla un instante en el cielo sin olas, ennegrece de pronto y cae en gotas anchas,
caer en gotas anchas,
gotas de fuego,
gotas de sangre al rojo blanco,
como cae la semilla cuando estalla la espiga en el aire,
como cae la estrella en la honda matriz de la noche,
como cae el avión en llamas y el bosque se incendia.

Octavio Paz [París, 1946]